martes, septiembre 11, 2007

Cuentos Chilenos y Drogados



Es urgentemente necesario importar algunos kilos de marihuana para los escritores chilenos a fin de que despierten su dormida percepción. Allen Ginsberg, en su paso por Chile en 1960.


No fue fácil. Durante algunas semanas estuve buscando cuentos chilenos en los que alguna droga hiciera su aparición. Fuera del alcohol, las otras drogas brillan por su ausencia. ¿Será que los pacatos escritores chilenos consideran poco estético su consumo? A continuación un listado de algunos cuentos de escritores que consideraron que las drogas no siempre eran antiestéticas en la literatura. No me referiré a Delirium (cuentos con y sin drogas) de León Pascal, porque en otro número le dediqué una columna completa y no se merece más.

Si de sustancias alteradoras de la mente se trata, el alcohol es la que lleva la delantera entre los cuentistas chilenos, y Visita de Estilo (1965) de Nicolás Ferraro, en el que de manera más desbocada se toma entre todos los cuentos chilenos y quizás del mundo. En Visita de Estilo, Guillermo envía a sus dos padrinos a pedir la mano de Elisa a su padre. Pero preferiría que no bebieran tanto, les solicita Guillermo a los padrinos antes de que partan. Ya en el camino uno de ellos propone detenerse a tomar una de pisco, el otro lo convence de seguir adelante con la misión, el primero le obedece y le responde: me habría gustado beber otro vasito de pisco. Me habría hecho un bien enorme. Mejor que cualquier otra cosa en el mundo. Los padrinos llegan a la casa del padre de Elisa, pero antes de atreverse a hablar, les ponen un par de botellas enfrente. Setenta y dos botellas después aún no consiguen la valentía necesaria. Por este cuento, el notable y olvidado Nicolás Ferraro, se lleva el oro en el alcohol.

Los Muertos Vivos (1990), de Alberto Fuguet, trata acerca de cuatro pendejos del barrio alto que acompañados de amigos mayores, asisten a un recital clandestino durante la dictadura. Ahí viven su primer despertar sexual como espectadores. Antes de llegar al recital fuman pitos y toman una botella de pisco de 40 mezclada con ácido. El recital se vuelve delirante y confuso. Este cuento que aparece en Sobredosis peca de excesos del slang de la época, transformando en artificio algo que pretende ser natural. Sin embargo, Fuguet tenía 25 años al escribir esos cuentos, o sea, no es un mal comienzo. Luego vendría Mala Onda, atiborrada de cocaína, marihuana y alcohol, como resultado de la vida sin brillo de la ostentosa clase alta de la dictadura, de la cual ni Fuguet se escapó: Mala onda la hice con alta cocaína en el cuerpo.

Opuestos y extraños (1999), de Juan Pablo Sutherland es como una micronovela en cuatro páginas. Un joven de 17 años fugado de su casa, que deambula como un vagabundo punk, se enamora de Axel, un punk trece años mayor que él. A diferencia de los personajes de Fuguet, aquí la droga no representa el vacío existencial de los cuicos, sino el cobijo artificial de los desamparados, de los abandonados. Personajes que cuando jalan lloran, y cuando se sienten solos fuman. Personajes que lloran y fuman mucho. Lo interesante es que tanto a los adolescentes de Fuguet como a los de Sutherland, la dictadura les vale madres, a unos porque casi ni los roza, a los otros porque los ha lanzado al vacío.

Ulises Mardones (2004), de Sergio Gómez, narra la odisea de un detective que se encuentra dentro de La Moneda el día del Golpe. En un momento cargado de terribles presagios, Ulises Mardones se fuma su primer caño, invitado por un colega. Los tres fuman cargándose de humo y sosteniendo la respiración. Miran los impactos de las balas en una pared del fondo. Repentinamente el escolta dice: Este es el último día. Aunque la marihuana no es lo central, el contexto en que Gómez la sitúa y la notable estructura del cuento hacen necesaria y meritoria su mención.

Bolaño no puede faltar en esta lista. No sólo porque sus personajes suelen fumar marihuana con tanta naturalidad como beben cerveza, sino por ser, bajo mi perspectiva, uno de los más grandes cuentistas chilenos de todos los tiempos. Las drogas no sobresalen en las tramas, pero es común que sus personajes las utilicen con distintas motivaciones o sin ninguna. En Últimos atardeceres en la tierra (1999), el protagonista B (Bolaño), conversa con una puta que comió hongos, otra le hace una mamada, y una tercera le ofrece fumar de un pito. B fuma, sin embargo, todo ello carece de importancia. B está narrando la última tarde en que intentó querer a su padre. Usted quiere mucho a su papá, dice una de las mujeres. Pues no tanto, dice B.

Juan Emar es el escritor más psicodélico, y Maldito Gato (1937) el cuento más lisérgico, que he leído en mi vida. Si intentará resumirlo quedaría algo tan bizarro como: a un hombre se le revela el tiempo infinito, al formar un universo paralelo con un gato y una pulga. A lo largo del cuento, el protagonista atraviesa distintas alteraciones de los sentidos. A lo lejos huele a un anciano, huele su barba, sus canas, huele su rabia y le ofusca no alcanzar a oler la razón de esa rabia. El sabor de la alfalfa (dos alfas, dos veces el Aleph de Borges) le recuerda una droga mitológica probada en la juventud: el candiyugo. Un bastoncito que se deshacía en la boca. Era algo como ver por la lengua, oír por la lengua, oler y palpar por ella y además, y por cierto, gustar. Así se formaba en el cerebro una imagen del mundo, de la realidad toda, totalmente diferente a la que dan los sentidos en su normalidad. Hasta el punto de decirse algo como lo siguiente: "¡Ah, ya! ¡Ahora sí! Ahora comprendo, ahora sé de qué provienen los errores de los hombres y su imposibilidad de llegar a un concepto estable que los ponga conforme con la realidad. ¡Ahora sí!". Los últimos cinco segundos de esta droga: funden las cinco nuevas percepciones en una, en nada más que una, cesa su diferenciación, créase un sentido, mejor dicho, el sentido único que es ver, oír, oler, palpar y gustar simultáneamente por un solo órgano, y entonces se sabe, no únicamente la realidad, no únicamente su relación con nosotros y con nuestra comprensión, sino también, y sobre todo, la causa primera que la originó.
Los cuentos de Emar, originalísimos hasta el hastío, son literatura sumergida en lsd. Para la gran mayoría de los escritores chilenos sirve la recomendación que hace Ginsberg, mas no para Emar, pues su percepción de la realidad, despierta y delirante, es la de un escritor visionario.
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