domingo, octubre 29, 2006

Enteógeno: Un étimo adecuado


Todos los términos acuñados para denominar las drogas sagradas mexicanas, (el peyotl, el teonanacatl, y el ololiuqui, con las que el LSD guarda un estrechísimo parentesco químico-espiritual y de modo de acción) resultan inadecuados. Alucinógeno, que viene de ‘alucinar’ se relaciona con estar loco o divagar. Humphry Osmond acuñó la palabra psiquedélicos (‘revelador de la mente’), evitando utilizar el prefijo ‘psico’ para que no lo relacionaran con el término psicótico. Sin embargo, dichas precauciones no fueron suficientes. Por otro lado, el abuso que la cultura pop de los setenta hizo de aquella palabra nos impide sostener que un chamán tenga experiencias psiquedélicas. Aldous Huxley propone utilizar phanerothyme (‘manifestador del alma’) para hablar de sustancias como la mescalina:

Para hacer este trivial mundo sublime
tome medio gramo de fanerotime.

Enteógenos ha sido el término más aceptado por quienes estudian estas drogas. Entheos es una palabra que se utilizaba para describir el estado en que uno se encuentra cuando dios ha entrado en su cuerpo. Se aplicaba a los trances proféticos, la pasión erótica y la creación artística, así como a aquellos ritos religiosos en que los estados místicos eran experimentados a través de sustancias que eran transustanciales con la deidad. La raíz gen denota la acción de devenir. En estricto sentido es un término sólo para aquellas drogas que producen visiones como las de los ritos religiosos o chamánicos.

sábado, octubre 28, 2006

Los Tarahumara, Antonin Artaud


La vida moderna está atrasada con respecto a algo y no los indios tarahumara con respecto al mundo actual.

Debo esperar un par de días después de cada electroshock para que el diálogo con Artaud tenga algún sentido. Su dolor es medular, se reproduce en su cuerpo, en cada una de sus células. Los doctores intentan extirpárselo destruyendo las conexiones de su mente que, contra todos los pronósticos de la ciencia, aún logra expresarse magistralmente a través de la palabra.
Estamos en la clínica de Ivry, es un frío 4 de Febrero de 1948, y él escribe Tutuguri, el último de los textos que se incluirán en este libro sobre los tarahumara, comenzado doce años antes en México. Justo en un mes más, y con sólo 51 años, morirá.
Solemos conversar acerca de la alquimia de dolor sin sentido en la que vive Europa. Me cuenta que en un principio creyó que el surrealismo sería la solución para un continente contaminado de racionalismo. Pero su excesiva rigidez, su confinamiento político, le revelaron la precariedad del movimiento. Mitologías egipcias, tibetanas, la cábala y los celtas, fueron otras vetas por donde buscó la esencia del yo.
En 1936 visitó México para vivir entre los indios tarahumara, ahí donde la Sierra Madre es más agreste. Me dijo que esperaba de ellos el origen sin traicionar del ser humano, esperaba conocer una Verdad que ellos habían conservado. Encontró un pueblo cuya historia puede leerse en la geografía de las montañas, cuyos ritos reproducen una comunicación transparente con un Dios al que se llega a través del camino del Ciguri.
El Ciguri es el rito de una danza y el cuerpo de una planta, el peyote. Con este rito los tarahumara se despojan de sus apariencias hasta que se les revela su verdadero ser. Artaud participó de este rito.
Con él, el Hombre está solo, me señala, y tocando desesperadamente la música de su esqueleto, sin padre, madre, familia, amor, dios o sociedad. Y andas del equinoccio al solsticio, sujetando tú mismo tu propia humanidad.
El peyote
, continúa, conduce al yo hasta sus fuentes auténticas. Al salir de un estado de visión semejante, no se puede volver a confundir, como antes, la mentira con la verdad.
Quizás nuestra civilización podría superar su frustración si todos bebieran el Ciguri, comento.
Dicen esos sacerdotes de Ciguri, me responde, que el peyote no se da a todo el mundo y que para acceder a él hay que estar Predestinado.
A veces se acercan a las ciudades
, me cuenta, para ver cómo son los hombres que se han equivocado. Le preguntó de qué viven en las ciudades, pues no manejan dinero. Me dice que mendigan, y si se les da, no dicen gracias. Pues para ellos dar a quien no tiene nada no es ni siquiera un deber, es una ley de reciprocidad física que el Mundo Blanco ha traicionado.
En las páginas de este libro que me ha pedido que lea, quizás su libro más metafísico, se funden una hiperconciencia del entorno y de la propia existencia, con poesía y delirios cristianos, imágenes obsesivas de las que intentaba despojarse, en su viaje hacia un saber primitivo.

Los Tarahumara, Antonin Artaud. Tusquets, 1985, 184 pp.

lunes, octubre 23, 2006

LSD, Albert Hofmann

En la posibilidad de apoyar con una sustancia la meditación dirigida a la experiencia mística de una realidad, a la vez más elevada y más profunda, veo la verdadera importancia del LSD. Una aplicación de este cariz se corresponde por completo con la naturaleza y el tipo de acción del LSD como droga sagrada.

Imaginen a muchos hombres que sin notarlo, caminan sobre llaves, tantas llaves que no se ve el suelo. Sólo una de ellas sirve para eliminar la frontera entre el yo y la materia. Sólo un hombre es capaz de encontrar esa llave. El epígrafe de este libro (de Louis Pasteur) dice: En los campos de observación el azar no favorece más que a las mentes preparadas. Hofmann fue esa mente preparada. Descubrió el LSD tal como un chamán explorando la selva, hace miles de años, descubrió las propiedades mágicas de un hongo. En nuestra civilización occidental, sólo un hombre dedicado a la ciencia, podía recuperar el enteógeno perdido, ése que utilizó la cultura griega (base de nuestra civilización) en los misterios eleusinos, hasta que el cristianismo lo prohibió. Sin embargo, este hallazgo trajo consigo consecuencias adversas. Tal como un cuchillo puede salvar a alguien, en manos de un doctor, o quitarle la vida, en manos de un criminal, el LSD reveló dos caras. Su uso excedió muy pronto las investigaciones médicas, para ser utilizado como estimulante. Este uso irreflexivo produjo muy pronto graves incidentes (suicidios, accidentes, crímenes). El LSD, como el resto de las drogas sagradas mexicanas, (el peyotl, el teonanacatl, y el ololiuqui, con las que el LSD guarda un estrechísimo parentesco químico-espiritual y de modo de acción) puede utilizarse como enteógeno (revelador de la divinidad interna) o como estupefaciente (etimológicamente, que hace estúpido). Hofmann desde un comienzo se sintió responsable por el peligro que implicaba jugar con una sustancia que afecta el centro espiritual de la personalidad.
Hace algunos meses fui, con dos amigos, al santuario de la naturaleza, para realizar una sesión con LSD. Nos preparamos con días de anticipación. Llevábamos antídotos (leche y naranjas) por si era necesario cortar un mal viaje. No fueron necesarios. Mientras comenzaba el efecto estuvimos juntos, riéndonos de cualquier cosa, pero cuando el efecto terminó por destruir el tiempo, cada uno fue a caminar solo. Entonces comenzó el viaje, hacia adentro y hacia afuera, disipando el ego que minutos antes nos condujo hacia la conversación. Las palabras son un filtro demasiado grueso que impide sumergirse en ese estado preverbal. A veces recordaba sensaciones que no había tenido desde la infancia. Comprendí relaciones mitólogicas que me envolvían. Fui capaz de ver cómo se formaban las delgadas nubes que a veces cruzaban el cielo. Y cómo las plantas se alimentaban.
En este libro Hofmann nos entrega diversos relatos de viajes en LSD de grandes personalidades de la época, incluyendo su primera experiencia, inesperada y con temor por el desenlace incierto. Viajes con distintos enteógenos, junto a Gordon Wasson y María Sabina (la cual estimó que las píldoras de psilocibina sintetizadas por Hofmann llevaban el espíritu de teonanacatl). Viajes de iluminación mística; de vacío y angustias asfixiantes; viajes descritos por poetas, psicólogos, pintores, escritores, filósofos, hippies.
Hofmann expone estas experiencias, quizás para decirnos, que sólo en las mentes preparadas, el LSD posibilita una experiencia que crece hasta el sentimiento de que el yo y la creación conforman una unidad.

LSD, la historia del LSD, Albert Hofmann, Gedisa, 227 pp.

Opio, Jean Cocteau


¡Ojo!: es recomendable leer este libro acompañado de un joint. Así podrá leerse lo que la mano no puede escribir.
Mauricio Wacquez (traductor y prologador del libro)

Fue durante mi adolescencia, cuando creía que Cortázar era el mejor cuentista que había pisado este planeta, que supe por primera vez de este libro. Según él, la lectura de Opio había cambiado por completo su visión de la literatura y lo había llevado a comprender el surrealismo. Durante meses busqué Opio. No lo encontré. Con el tiempo me fue cada vez más difícil leer a Cortázar, hasta que olvidé por completo el libro de Cocteau. Muchos años después lo volví a ver en una estantería. Para entonces ya había probado el opio y mi interés ya no era cortazariano sino que personal. Esperaba un libro lleno de sueños, de visiones oníricas, de imaginería surrealista. A pesar que sabía que el opio, más que un viaje, como el del LSD, es un estado de desvelada hibernación, esperaba encontrarme con una versión literaria de Dalí. Nada de eso hay en este libro. Tampoco los delirios de Burroughs en El Festín Desnudo. Sino más bien el desdoblamiento de una conciencia crítica que observa su adicción. El libro tiene un subtítulo: Diario de una desintoxicación. Como el historial de un científico, Cocteau lleva su propia bitácora, pero sus resultados no son estadísticas, sino poesía.
Para Cocteau la desintoxicación es una herida lenta y el fumador una obra maestra perfecta, sin forma y sin jueces. Por ello decirle a un fumador en permanente euforia que se degrada, es como decir del mármol que ha sido deteriorado por Miguel Ángel; del papel, que ha sido ensuciado por Shakespeare; del silencio, que ha sido roto por Bach.
Cocteau jamás traiciona al opio: le debo mis horas perfectas, nos dice y se lamenta de que en lugar de perfeccionar la desintoxicación, la medicina no trate de volver el opio inofensivo.
Compuesto por fragmentos, algunos notables, otros prescindibles, Cocteau exhibe menos un surrealismo literario que vital. El opio, como la infancia, le permite a uno transformarse en lo que quiere.
El opio despeja el espíritu. Nunca lo vuelve a uno espiritual. Expande el espíritu. No lo agudiza.

Pero su atención no está puesta en ese poder mágico, sino en la cruel batalla, en el drama de la desintoxicación. ¿Acaso escribió este libro porque dominó al opio, o dominó al opio gracias a la escritura de este libro?
Aconsejo al enfermo que se ha abstenido durante ocho días hundir la cabeza en un brazo, pegar la oreja a este brazo, y esperar. Devastación, motines, fábricas que explotan, ejércitos en fuga, diluvio, la oreja escucha todo un apocalipsis de la estrellada noche del cuerpo humano.
Él se observa en el proceso con adicta lucidez. Advierte las pequeñas trampas que le interpone la desintoxicación y es capaz de registrar esas trampas hasta librarse de ellas. Al final dice que ya está curado, sin embargo se pregunta: ¿volveré a fumar? La respuesta es casi una declaración de amor, que espera ahí, a quien se envicie con la lectura de este libro.

Opio, Jean Cocteau. Editorial Sudamericana, 2002, 201 páginas.
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